19 de octubre 2019

El paso de los días, los meses y los años me han vestido de heridas en el cuerpo. Heridas que se van cicatrizando lentamente. Algunas no van a cicatrizar nunca. Son profundas y eternas. Hoy me cuesta que me abracen. Me pierdo mucho de lo que es vivir, pero me siento protegido.

– – –

Lo que le alejaba del pánico, de los gritos y gemidos de la habitación de al lado, de la violencia, de sus padres enloquecidos, era ponerse boca abajo, tapándose la cabeza con fuerza, con la almohada, y contando repetidas veces de uno a cien, hasta que el agotamiento le invadía y conseguía dormir. Un día tras otro esa pesadilla.

No creo que supiera contar hasta 100. Era muy pequeño. Era muy pequeño y no sabía cómo salir de esa casa de fieras.

Cuando yo era pequeña en El Retiro de Madrid había «Una casa de fieras». Las fieras estaban enjauladas. En su casa, la del niño pequeño, las fieras deambulaban a sus anchas, destrozandolo todo.

– – –

Cuando voy a la habitación del fondo no hay luz. Y sentado ahí, en la oscuridad, me hiere la maldad.

La maldad de la ignorancia, de la simplificación, la maldad de otros.

El recuerdo ensangrentado me invade, doloroso y punzante.

Hoy todo sigue igual. Y no encuentro explicación alguna.

S.N.G.

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